A Propósito de Llewyn Davis (Inside Llewyn Davis), de Joel & Ethan Coen

Un micrófono sirve para que la voz de quien vaya a usarlo se proyecte y alcance a la persona que más lejos se encuentre del escenario. Su presencia es habitual en mitines o reuniones, pero su habitat natural es un escenario, dónde puede ser utilizado por artistas, especialmente cantantes y músicos. La imagen de un micrófono a solas sobre un escenario siempre me ha resultado triste, como un animal abandonado bajo la lluvia en busca de quien le dé cobijo. Puede que no venga a cuento con la película que estoy a punto de hablar y me haya ido por las ramas, pero que una película comience mostrando en primerísimo primer plano un micrófono a solas, aguardando la voz de un cantante, me transmite tristeza. El plano dura ínfimos segundos, pero con él los geniales Coen han transmitido la atmósfera y descrito al protagonista de su película.

Llewyn Davis es un músico que busca despuntar en la escena folk de Nueva York a principios de los 60.

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Big, de Penny Marshall

A finales de los 80 se jugó con la idea de poner en el sitio de adultos a jóvenes o, directamente, intercambiar roles entre adultos y niños mediante una hechicería. En 1987 se estrenó la comedia protagonizada por Dudley Moore y Kirk Cameron “De Tal Astilla, Tal Palo”, donde padre e hijo se intercambiaban los cuerpos desencadenando situaciones divertidas y a su vez hablar sobre la incomunicación paternofilial. Al año siguiente se jugó con la misma premisa en “Vice Versa” protagonizada por Fred Savage y Judge Reinhold. Sin embargo, la película por excelencia que se encargó de convertir de la noche a la mañana a un niño en un adulto la protagonizaría Tom Hanks a las órdenes de Penny Marshall.

Josh Baskin es un niño de trece años que sueña con poder hacer las cosas que hacen personas más mayores que él. Un día, en un parque de atracciones, descubre una maquina llamada Zoltar a la que pide el deseo de ser mayor. A la mañana siguiente Josh se despertará con el cuerpo de un hombre de treinta años.
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The Game, de David Fincher

Las expectativas en el ahora lejano 1997 sobre “The Game” eran altas. Además de tener como cabeza de cartel al por entonces taquillero Michael Douglas se trataba de la siguiente película de David Fincher tras el arrollador éxito de “Seven”. El resultado distó del recibido dos años atrás con el thriller protagonizado por Brad Pitt y Morgan Freeman, en parte debido a un final de los llamado tramposos que dejaron noqueado a gran parte del público. A mi me pasó con ella como me ha pasado con la mayor parte de la obra del director, he tenido que verla en más de una ocasión para saber valorar sus virtudes.

En su 48 cumpleaños Nicholas Van Orton, un importante hombre de negocios, recibirá de su hermano Conrad un regalo para participar en un juego misterioso y arriesgado que pondrá en juego su vida.
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Los Increíbles 2 (Incredibles 2), de Brad Bird

Si había una película de PIXAR que pedía a gritos una secuela esa era, sin discusión, “Los Increíbles”. La cinta dirigida por Brad Bird en 2004 fue un éxito incontestable que, para quien esto escribe, se convirtió directamente en la mejor película de la compañía hasta la llegada, cuatro años después, de cierto robot basurero. Además demostró cómo realizar una buena película de superhéroes a nivel grupal cuando el género estaba consolidándose y haciéndose más habitual en las pantallas. La presumible secuela estuvo divagando durante años, e incluso Bird declaró que estaba dispuesto a ponerse a los mandos, pero compromisos intermedios retrasaron un film que ha acabado llegando catorce años después de que se presentara a la familia Parr.

La película arranca justo donde termina la anterior, con el enfrentamiento de la familia Parr contra el Socavador. Tras ello un multimillonario quiere limpiar el nombre de los Supers para que el Gobierno los pueda volver a autorizar, y para ello elige como rostro insigne a Elastigirl, quien dejará a Bob a cargo de los niños mientras lucha contra el mal.

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Thelma & Louise, de Ridley Scott

En los tiempos actuales clama al cielo que sigan existiendo problemas que parecen de tiempos pasados. Uno de esos problemas es la diferencia entre hombres y mujeres en cuento a salarios y trato social. Aunque el género femenino ha alcanzado una independencia y un status mucho más acorde a la que ha descrito al género masculino a lo largo de los años siguen existiendo muchas mujeres que, por desgracia, siguen bajo la sombra de figuras masculinas, recibiendo órdenes y gritos, cuando no golpes, sintiéndose amenazadas constantemente. Pues bien, ese problema, que volvió a tener repercusión mediática en el mundo del Cine a mediados de 2017 con el caso Weinstein y los que le siguieron, tuvo en la película escrita por Callie Khouri y dirigida por Ridley Scott una bandera con la que hondear su protesta.

Esta es la historia de dos amigas que deciden pasar un fin de semana lejos de sus trabajos y sus parejas. En el camino de ida deciden detenerse en un bar a tomar algo y una de ellas baila con un hombre del local que, poco después, abusa sexualmente de ella. La otra amiga interviene y lo detiene, sin embargo el fanfarrón no tiene otra cosa que mostrar su hombría a base de insultos, llevando a la mujer a descargar toda su rabia disparandole con el arma que llevan por seguridad. El problema es que el disparo no lo ha herido sino que lo ha matado. Desde entonces su camino se convertirá en una huida.

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First Man, de Damien Chazelle

“Es un pequeño paso para el hombre, pero un paso gigantesco para la Humanidad”. Con esas palabras el astronauta Neil Armstrong descendía del Apolo 11 y acompañaba sus primeros pasos sobre la superficie lunar. Era el 21 de Julio de 1962, cuando la carrera espacial entre los Estados Unidos y la Unión Soviética no era sino una extensión de la Guerra Fría que libraban. Aquel día el mundo se detuve para contemplar en las pantallas de los hogares a un persona alcanzar esa frontera que es el espacio. La maquinaria cinematográfica ha tocado en diversas ocasiones el tema (“Elegidos para la Gloria”, “Apolo XIII”), pero ahora pone el foco sobre ese primer hombre que marcó su huella en la arena lunar.
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El Club de la Lucha (Fight Club), de David Fincher

La primera regla del Club de la Lucha es que no se habla del Club de la Lucha…
Así que voy a hablar de una historia de amor. Empieza como cualquier otra. Un chico conoce a una chica. Al principio, más que sentirse atraídos, se odian, en especial por culpa del chico que la rechaza al ver en ella demasiadas cosas en común consigo mismo. También hay que decir que el chico no está pasando el mejor momento de su vida y que sufre continuos desvaríos psicóticos. Sin embargo, por razones que sólo el destino comprende, la chica no desaparece de la vida del chico, y éste comienza a sentir apego y cariño por ella.

Eso mismo es justo lo que me ha pasado durante años con la película que realizase David Fincher en 1999. La primera vez que la vi quedé fascinado ante su envoltorio pero rechacé su mensaje extremista con ramalazos fascistas del tramo final. La segunda vez aprecié más sus virtudes argumentales, pero seguía provocándome repulsa ese discurso radical final. Sin embargo seguimos viéndonos con los años y, además de quedarme embobado con sus formas, fui descubriendo interesantes capas subyacentes que me hicieron descubrir en ella una brutal sesión de psicoanálisis que acabó enamorándome.

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