Lost in Translation, de Sofia Coppola

Bob Harris es un reputado actor estadounidense que viaja a Tokyo para rodar un anuncio publicitario. Charlotte acompaña a su marido a la misma ciudad en donde tiene que realizar un reportaje. Hospedados en el mismo hotel, pronto se establecerá una relación de amistad entre Bob y Charlotte que les ayudará a sobrevivir en la desconocida ciudad.La segunda película de Sofia Coppola tras la cámara fue una sorpresa y su consolidación como autora cinematográfica. Con un presupuesto ínfimo la directora se trasladó a Tokyo con todo su equipo para rodar la película, en la mayoría de lugares sin permiso por lo cual tuvieron que rodarlo rápido.

La historia que nos cuenta Coppola es una historia Universal, la relación entre un hombre y una mujer en tierra extraña. Aunque la directora no nos lo pone fácil queriendo narrar la típica historia de amor, sino que nos la presenta del modo más natural y humano como es la posibilidad de encontrar a una persona en quien apoyarte cuando estás solo, perdido. Y no me refiero solamente perdido en una ciudad como lo pueden estar los protagonistas, sino perdido en la vida, sin saber qué hacer con ella, como bien dice Charlotte en la sensacional secuencia en que está con Bob tumbada en la cama bocarriba.
Y es que ambos personajes son dos personas que no saben muy bien en qué punto de su vida se encuentran, sintiéndose solas sin nadie que las escuche. Bob ha ido a Tokyo para rodar un anuncio de Whisky en lugar de estar representando una obra de teatro que le haría mucho más feliz, y Charlotte ha ido solamente para acompañar a su marido a hacer un reportaje fotográfico.
Las relaciones con sus respectivas parejas ayuda a comprender también ese estado de soledad que viven ambos. Mientras Bob mantiene conversaciones con su mujer por telefono en donde las conversaciones más importantes son acerca del color de una moqueta, Charlotte comparte su vida con un trabajador compulsivo, cuyas amistades no agradan a la chica (esa actriz mega-chuli hermanastra de Cameron Diaz).
La ciudad de Tokyo es un personaje más. Sus enormes edificios, su inagotable movimiento, su cultura, su gente. Todo lo que representa la ciudad en vuelve a los protagonistas en un manto de soledad (que maravilloso plano en que vemos a Charlotte asomada a la venta con Tokyo a través de ella). No es extraño que cuando se viaja a un lugar extranjero, en donde te sientes solo y no tienes a nadie experimentes una crisis existencial que haga replantearte tu vida.

La vida de ambos cambia al encontrarse en el bar del hotel por la noche, incapaces de dormir debido al insomnio (aunque no es la primera vez que se ven). La situación no puede ser más normal, ella llega, se sienta junto a él y comienzan una conversación. Tan simple como eso, la vida de ambos ha cambiado sin que aún lo sepan. Lo que ha sido una simple velada tomando una copa en un bar se convertirá en una amistad que los ayudará a sobrevivir en una ciudad que no entienden, y que no les entiende. Juntos pasarán una noche de diversión rematada con sesión de karaoke; irán al hospital para que miren el tobillo a Charlotte (mientras contemplamos la divertida escena que está ocurriendo en la sala de espera entre Bob y un pequeño japonés); y compartirán sus vivencias tumbados en la cama, en donde el único gesto carnal entre ellos será el leve roce que le hace Bob a ella en la mano.
Esa amistad que se ha establecido entre ambos pronto se convertirá en algo más grande y significará para cada uno un momento personal importante en sus vidas. A pesar de una diferencia de edad considerable, Bob y Charlotte acaban enamorándose, aún sabiendo que no pueden permitírselo. En el film no se escucha nunca decir “te quiero” ni frases simplonas y previsibles, aquí gritan los silencios, las cosas que no se dicen pero se intuyen por miradas y gestos. La secuencia final, sublime, muestra como Bob le susurra algo a Charlotte al oído que el espectador no puede oír, consiguiendo que cada uno imagine cuáles han sido esas últimas palabras.

A pesar de contarnos algo tan triste como es la soledad, Coppola tiñe las situaciones de humor e ironía. Como cuando Bob está rodando el anuncio y el director japonés lo corta una y otra vez hablando largo y tendido para simplemente decirle que lo haga “más intenso”, o cuando la encargada de hacérselo pasar bien a Harris entra en su habitación para darle “placer” a base de que él le “lompa las medias”.
La directora contó para el film con dos interpretes sensacionales, que supieron dar todo su potencial interpretativo. Bill Murray como Bob Harris, el actor que viaja a Tokyo para hacer publicidad de un Whisky, y Scarlett Johansson (antes de convertirse en la Sex-Simbol de hoy) como la perdida Charlotte. Además participan Giovanni Ribisi como el marido de Charlotte, y Anna Faris (la prota de Scary Movie) como la irritante actriz de cine.
Dicen que Sofia Coppola se basó en sus propias experiencias para crear el personaje de Charlotte. No sería extraño ver representado a Spike Jonze en el personaje de John, el marido de Charlotte, ni comparar a Cameron Diaz con el personaje interpretado por Anna Faris.

Nominada a cuatro Oscars, consiguió llevarse el de Mejor Guión Original para la hija de Coppola, mientras Bill Murray se quedó con cara de palo al escuchar el nombre de Sean Penn como Mejor Actor (merecidísimo por su interpretación en la sensacional “Mystic River”). Se echó en falta la nominación a Johansson como Actriz, aunque ese año también tenía en cartel “La Joven de la Perla” y era difícil elegir entre uno y otro.
Aún así, aquel año 2003 fue el año de “El Retorno del Rey” y tanto el film de Coppola como el de Eastwood quedaron tapados (a pesar de llevarse ambos films premios gordos).
Para mí “Lost in Translation” es una película real, dura, que muestra perfectamente el estado de soledad que vivimos en determinados momentos de nuestra vida, esos momentos en que no sabemos cómo salir del agujero en que nos hemos metido, en donde gritamos en silencio que nos encuentren.
9/10

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