La Chica del Puente, de Patrice Leconte

001.jpgHay géneros que nos gustan pero que sin embargo han perdido mucho en el panorama cinematográfico actual. En mi caso reconozco que me gustan las películas románticas, pero no las románticas del “te quiero, y quiero que vivamos felices” con envoltorio pasteloso como nos tiene acostumbrado hoy día Hollywood, sino aquellas que resultan o bien cercanas a la realidad en donde los protagonistas son personajes de carne y hueso con verdaderos sentimientos o bien desprenden cierta magia como la presente. Y es que “La Chica del Puente” ha sido un hallazgo para mi, una historia de amor narrada mediante un realismo mágico absorbente y que contiene la que para mi es una de las mejores escenas de amor jamás rodadas.

Adèle es una joven con facilidad para enamorarse de los hombres, sin embargo tiene tan mala suerte que no ha conseguido encontrar al amor de su vida y cree ser la causa de las desgracias que suceden a su alrededor. Victima de ese sentimiento de mala suerte que la rodea decide lanzarse una noche al Sena desde un puente, pero la presencia esa noche de un hombre misterioso impedirá que su plan fracasé.
El hombre que irrumpe de forma afortunada en la vida de la joven es un lanzador de cuchillos venido a menos y marcado también por la desgracia de la mala suerte. Pero al contrario que Adéle, Gabor cree que la mala suerte puede acabar si se hace caso de las señales y uno no deja de creer en si mismo.
Dos perdedores rotos por dentro que pasean cada día como si el mundo fuera un afilado cuchillo dispuesto a dañarles. La suerte, o el Destino, ha querido unir a ambas personas para complementarse y demostrarles que cuando parece que todo acaba y no hay por qué seguir luchando alguien aparece inesperadamente y te tiende la mano porque te necesita tanto como tú a ella.

El viaje que emprenden ambos, en el cual Adèle accede a ser compañera del número de Gabor, les ayudará a conocerse y a comprobar que si uno cree en sí mismo es posible cualquier cosa, pero sobre todo que en el momento en que menos lo esperas puede aparecer la persona de tu vida, aquella que es afín a ti formando un todo absoluto y con la que serías capaz de vencer cualquier obstáculo.
Es una historia de amor en donde “Te quiero” se expresa mediante el grito sordo de los silencios, las leves caricias y las penetrantes miradas. Pero sobre todo se expresa en el momento en que ambos personajes se fusionan en escena para realizar el número de lanzamiento de cuchillos, el cual se convierte en un acto de amor y deseo que les provoca tanta satisfacción como el propio acto sexual.

Patrice Leconte dirige esta maravillosa historia con un buen dominio de ritmo y composición de planos, en donde hay lugar para planos de todo tipo como es el subjetivo de una mosca. La preciosa fotografía en Blanco y Negro consigue traspasar una historia que podría resultar cotidiana en algo mágico.
Sin embargo, si por algo hay que recordar esta película es por las maravillosas secuencias de los números de lanzamiento de cuchillos, rodados y montados con una maestría impecable. Hay dos concretamente. El primero es el bautismo de fuego de Adèle frente a Gabor delante de un público en donde nuestro corazón se encoge tanto como el de los espectadores del film. Gabor tapa con una cortina a Adèle y comienza su actuación alternando primeros planos de los protagonistas con planos detalle de los cuchillos hincándose y expresiones atónitas del público. Toda la secuencia está narrada a ritmo de la hermosa canción “Who will take my dreams away”, con lo que se consigue un impacto dramático aún mayor. Pero ahí no acaba todo, la segunda secuencia reivindicativa en que ambos repiten el número no es delante de un público, sino solos, tras una discusión finalizada con el acto de amor entre ambos: el lanzamiento de cuchillos. Esta vez están solos, en un granero. Adèle se libera del manto que la cubre y abre sus brazos mientras Gabor la observa como observaría a una mujer desnuda. Su mano tiende el cuchillo que dará comienzo al número. Su pulso es firme. Adèle lo mira a los ojos con expresión de deseo. El lanzador comienza a lanzar sin prisa pero sin pausa, y cada disparo es recibido por Adèle como si de una penetración se tratara. Por si no queda claro esto, Leconte, ayudado de la espléndida fotografía de Jean-Marie Deujou que aquí ensalza mas la luz que traspasa la figura de ella y enmarca la mirada de él, filma el plano girándolo y mostrándonos a la protagonista como volcada en una cama. “Who will take my dreams away” suena tan fuerte y dramáticamente como antes. Al finalizar no hablan, tan solo se miran como se mirarían dos amantes. Una secuencia para enmarcar dentro del cine romántico.

Los protagonistas están magníficamente interpretados por el gran Daniel Auteuil y Vanessa Paradis. He de reconocer que me he llevado una gran sorpresa con la señora de Johnny Depp, que desde el primer fotograma nos atrapa con su mirada y su modo de expresarse.

Un maravillosa película romántica donde la suerte y el destino se dan la mano.

Lo Mejor: Todo, pero por destacar algo, las secuencias de lanzamiento de cuchillos

Lo Pero: No haberla disfrutado en pantalla grande.

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