There Will Be Blood, de Paul Thomas Anderson

there_will_be_blood_ver4.jpgAutor de obras tan dispares y fascinantes como son “Boogie Nights”, “Magnolia” y “Punch Drunk Love”, Paul Thomas Anderson regresa a las pantallas con la esperada “There Will Be Blood” en la cual narra una historia sobre codicia a través de un magnate del petróleo.

La codicia se presenta en el film desde dos bandos diferentes pero con iguales objetivos.
Por un lado, de mano del petrolero, previamente minero, Daniel Plainview quien sabe ganarse a la gente y manipularla a través de sus ensayadas charlas en las que eleva los valores familiares por encima de todo, y con esto conseguir que les cedan sus tierras y poder sacar de ellas todo liquido negro que fluya. Plainview es el perfecto empresario, que sabe como captar la atención de la gente y conseguir de ella o que se proponga, aunque sea mediante medios tan ruines como es utilizar a su hijo H.W. No piensa en el bien ajeno en ningún momento sino en las riquezas que sacará con la adquisición de las tierras. Es un ser avaricioso, envidioso, que no quiere compartir nada con nadie, y que odia a todo aquel que posea más que él.

Por otro lado tenemos al joven pastor Eli Sunday. Perteneciente a una familia a la que Plainview ha comprado sus tierras, el joven creyente pactará con el petrolero que este le pague cinco mil dólares para su iglesia, el Tercer Amanecer, cantidad que el empresario eludirá de pagar.
El pastor no se diferencia mucho de Daniel. Igual que él sabe captar la atención de sus fieles a través de pintorescos y variopintos sermones donde les convencerá, incluso, de expulsar al mismísimo Satán delante de ellos. Sin embargo el joven Sunday busca crecer a base de poder, el cual solo puede conseguir por medio del dinero que da el petróleo que se ha encontrado en su región y del que Daniel se ha convertido en propietario. Así pues Eli luchará por todos los medios para unirse con Playmouth y así sacar beneficios que le faciliten su ascenso.

He aquí el breve análisis, muy superficial, sobre la película. Ahora bien si hay que verla es por dos razones.
La primera por la excelente dirección de Anderson en las dos primeras horas de película en donde el hombre se forja unas secuencias cargadas de fuerza, intensidad, emoción, tales que nos absorben y nos transportan a ese mundo desértico de finales del XIX y primeros del XX. El director cambia con respecto a sus anteriores obras donde primaba la agilidad de los elegantes y vertiginosos movimientos para pasar a una planificación más austera, clásica, en donde se dan cita hermosos planos generales del paisaje con otros más centrados en los personajes, o mejor dicho el personaje, Daniel Plainview, que nos ayudan a entender su fascinante y aterradora psicología.
Entre los mejores momentos destaquemos por encima de todo los primeros quince minutos en que se nos describe como Plainview pasó de ser un simple minero a un gran magnate. Tan solo hay una brevísima línea de dialogo en ese transcurso de tiempo en que las imágenes bien montadas y enlazadas hablan por sí mismas. Un prodigio de dirección y narración que encandila. Otro momento destacable seria el del accidente en la torre petrolifica, en donde la maravillosa fotografía de Robert Elswith hace gala enmarcando las siluetas de los personajes en un interminable fuego ascendente y donde de nuevo el buen pulso narrativo de Anderson hace gala.

La otra razón por la que hay que verla es por contemplar otro recital interpretativo de Daniel Day-Lewis, el cual vuelve a la gran pantalla para dar vida al codicioso y ruin Daniel Plainview. El actor llena la pantalla con su presencia y compone un personaje memorable como el petrolero a base de un excelente ejercicio a través del cuerpo, como también nos hace entrever sus oscuros pensamientos por medio de sus penetrantes ojos.

Podría decir que estoy ante la mejor película del año, pero para mi desilusión no ha sido así. Y el motivo se encuentra en los forzados y fuera de lugar veinte minutos finales, en donde tanto el director como Day-Lewis parecen querer divertirse. En el caso de Anderson tiene pase la cosa en cuanto a planificación, pero no en cuanto a contenido, pues el final bien podría haberse mostrado de otra forma más elegante y con más ahorro de minutos. Por el lado de Day-Lewis es que pasa de ser un ser contenido pero odioso a convertirse en un viejo gritón excéntrico al que se le va bastante la cabeza, rompiendo así lo que podría haber sido la interpretación de su vida, la cual en algunos tramos recuerda a la de su Bill el Carnicero que hiciera para un admirado de Anderson como es Scorsese.

Aún así no tengo más que recomendar la película, a la cual considero notable por culpa de lo anteriormente comentado. Una intensa historia sobre codicia bien realizada y con momentos del mejor cine.

Lo Mejor: La dirección de Anderson y la interpretación de Day-Lewis.

Lo Peor: Los veinte minutos finales me parecen un lastre.

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Un pensamiento en “There Will Be Blood, de Paul Thomas Anderson

  1. Grandísima película, a mi me parece un peliculón excelente, que debe ser vista…sobre los 20 minutos finales, yo creo que si que son algo grotescos y fuera de lugar, pero tb cierran un círculo importante en la película.
    saludos

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