Cuando Steven Spielberg tomó las riendas de la adaptación cinematográfica de la novela ganadora de Pulitzer “El Color Púrpura” sorprendió a propios y extraños. La autora de la novela, Alice Walker, había manifestado lo mucho que le gustó “E.T.” y no dudaba de que Spielberg fuera a realizar un buen trabajo. Sin embargo el director no vio con tanta claridad su labor, ya que suponía un cambio drástico dentro de su cine, y se apoyo en la propia autora, que rehusó adaptar su trabajo para el cine aunque accedió a ayudar al director durante el rodaje, y en el productor, y autor de la Banda Sonora, Quincy Jones.

La película abarca casi tres décadas en la vida de Celie. Tres décadas llenas de sufrimiento y resignación soportadas gracias a la esperanza de reencontrarse con su hermana Nettie y a la amistad que procesará con Shug, la amante de su marido Albert.
Celie y Nettie están tan unidas como la uña y la carne, pero la expulsión de Nettie por parte de Albert las separará. Será entonces cuando Celie quede sola frente a un hombre despiadado y machista. Hasta que llegue Shug. Aunque al principio se ría de ella por su aspecto encontrara en su persona una buena amiga con quien hablar y aprender.

“El Color Púrpura” es un drama humano que nos describe las penurias vividas tanto por Celie como por las personas que la rodean. Y es que no hay personaje en la trama que no sufra. El arrebato de la inocencia, el poder dominante del hombre sobre la mujer y la redención se dan de la mano en este intenso drama.
Empezando por la protagonista, Celie, que de niña es violada por su padre quedando embarazada dos veces, la primera de un niño y la segunda de una niña. Cuando su padre se cansa de ella no le hará el más mínimo caso y la ofrece a un granjero viudo, Albert, que pretende a su otra hija, Nettie, más agraciada que Celie. Pero la vida de Celie no mejora con Albert, sino todo lo contrario. Tras irse de casa, su hermana Nettie se instalara una temporada con ellos, y, al no ceder ante los impulsos carnales de Albert, será expulsada y apartada de su hermana. Su papel de esposa se asemeja más bien al de criada, y comenzará a sufrir duros maltratos por parte de su marido cada vez que le contradiga. Tras muchos años soportando las reprimendas y palizas, Celie decide tomar las riendas de su vida empujada por la persona que menos se imagina en un principio, y por la que siente admiración, Shug. Gracias a ella descubrirá las cartas escondidas durante tantos años que le mandaba su hermana, las cartas que la empujan a plantarle cara a Albert y a marcharse en busca de una nueva vida, regresando como una mujer nueva.
Sofía es la esposa del hijo de Albert, Harpo. Una mujer bien repartida a la cual nadie le pone una mano encima ni la humilla, y si es así que se prepare. Sofía es orgullosa, no teme a nada tras haber pasado su juventud rodeada de hombres a los que paraba los pies. Sin embargo su orgullo herido por el alcalde le hará propinarle un puñetazo que la conduce durante ocho años a la cárcel, saliendo de ella como una mujer humillada, golpeada, coja y sin vida. La energía que transmitía en cada visita se ha evaporado tras ocho años de infierno, durante los cuales sus propios hijos se han olvidado de ella.
A pesar de ser admirada por todos los hombres, Shug también vive su propio drama al no hablarse con su padre, el reverendo. Abandonó su hogar para dedicarse a la música y por ello el pastor del pueblo no le dirige la palabra.

El mundo masculino no queda impune a pesar de que al principio parezca que tiene las riendas.
Harpo es torpe y no consigue dominar a su esposa Sofía, a la que quiere. Aunque sigue los consejos de su padre al pegarla, el pobre muchacho recibirá mucho más en forma de golpes. Alegre y soñador, Harpo tendrá su visión puesta, además de en sus hijos y esposa, en un pequeño bar abierto junto al rio.
Albert nos puede resultar del todo inhumano a lo largo del film. Sus continuas palizas y su autoridad contra Celie lo convierten en el antagonista de la historia, pero no es más que otro sufridor más cuya forma de expresión ante su descontento con el mundo es la violencia y el dominio. Enamorado de Shug desde siempre, el granjero deberá contentarse casándose con Celie, una mujer que no le atrae nada pero sin la cual no sabría desenvolverse de ningún modo. Tras muchos años, Albert ve su mundo venido abajo tras la ida de Shug y el abandono de Celie, acabando como un ser alcohólico y viviendo en un hogar putrefacto. Sin embargo al final aparece la poca bondad que le queda al traer de vuelta a casa a la hermana de Celie junto a sus hijos, componiendo la unión que rompió hace casi treinta años.

El renacer del ser humano está muy presente, sobre todo el de la mujer a través de Celie y Sofía. La secuencia que acontece en la comida familiar cuando Celie declara su intención de marcharse rematándolo con la amenaza de matar a Albert a golpe de cuchillo hace despertar a la dormida Sofía de su estado sumiso para devolverle la alegría y energía. Sofía despierta, pero renace Celie, mostrándonos su cara menos conocida como una mujer fuerte, que ha aprendido lo que es el dolor y que no teme a nadie. “Lo que he vivido yo, lo vivirás el doble” maldice Celie a Albert, y como una profecía se cumple dejando al viejo granjero solo y sin nadie, sumido en alcohol.

A pesar de que los protagonistas son negros no estamos ante un film de temática racial, de hecho el único momento que toca este tema es cuando encierran a Sofía y su posterior servidumbre con la mujer del Alcalde, consiguiendo que los espectadores nos sintamos identificados con los personajes.

Steven Spielberg, ayudado por la excelente y colorista fotografía de Allen Daviau que aviva los colores de manera asombrosa consiguiendo un film preciosista, realiza un drama al más puro estilo clásico conjugando dramatismo desgarrado con exquisita sutileza y gotas de tensión que componen una de sus films más redondos.
El director rueda secuencias de extremo dramatismo en determinados momentos, pero en especial citaría el de la separación de las dos hermanas a manos de Albert. Los gritos, el sudor, los abrazos entre ambas frente a la fuerza bruta de Albert interponiéndose hace que se pongan los pelos de punta. La secuencia termina con Nettie y Celie jugando a sus palmitas separadas por la distancia mientras Nettie jura a los cuatro vientos que “Solo si se muere dejará de escribir” en un momento que rememora a “Lo que el viento se llevó” en la promesa que hace Scarlett al cielo.
La tensión se masca en dos secuencias idénticas que tienen una navaja de afeitar como protagonista. Me refiero al momento en que Celie va a afeitar a Albert con su hermana en el pensamiento y el daño que les ha hecho su marido al separarlas. La primera tiene lugar justo cuando Nettie se ha marchado y nuestra protagonista muestra deseos de matar a Albert, pero la amenaza de él hace poner alerta a Celie, afeitándolo de manera cuidadosa. El excelente uso del montaje en que el sonido de la cuchilla, las moscas, y el carruaje del correo que se acerca otorga a la secuencia una enorme tensión, tan grande como la que contiene la segunda secuencia, prácticamente gemela a esta. Sucede cuando Albert golpe a Celie sorprendiéndola leyendo una carta de su hermana. La mujer tras descubrir que le escondia las cartas decide realizar el acto que debió llevar a cabo en su momento. El juego es el mismo, solo que la cuchilla no llega a tocar nunca el rostro de Albert, sino a afilarse bien y acercarse a su rostro a ritmo de los tambores de Africa y a la exasperada carrera de Shug por impedirlo.
Pero sin embargo, y por lo que “El Color Púrpura” merece todas las menciones es por su excelente sutileza a través de fueras de campo y detalles. En el momento en que Nettie llega a casa de Albert conocemos las intenciones del hombre a través de los golpecitos que se da en la pierna con el correo, similares a que se hacen con una fusta antes de montar a caballo, y la posterior en que persigue a la joven e intenta violarla, quedando el intento fuera de cuadro, dan certeza del talento fílmico del director.
El final es pura emoción. El reencuentro de las dos hermanas a contraluz con el sol reanudando su juego de palmas mientras trás ellas pasa la figura de Albert. Una sola escena en que se resume el tema de la película, la separación de dos hermanas y su posterior unión por el mismo hombre. Puro cine.

Su desarrollo y montaje es de escuela, consiguiendo que un film de dos horas y veinte minutos, que abarca en su metraje casi tres décadas, no canse y esté tan bien enlazado y narrado.
La música esta vez no corrió a cargo de John Williams, sino del productor Quincy Jones que compuso un maravilloso tema principal para el film.
El reparto está magnifico completamente. Danny Glover da vida de manera magistral al machista Albert consiguiendo que al final sintamos compasión por él. La televisiva Oprah Winfrey es Sofía, la orgullosa mujer a la que es robada su libertad. Margaret Avery es Shug Avery, la cantante que se hace amiga de Celie. Laurence Fishburne realiza un breve papel como amigo y musico de local de Harpo. Ahora bien, la que sorprende es, la por entonces debutante, Whoopy Goldberg dando vida a Celie. La actriz da una lección de interpretación pasando de ser una mujer joven tímida y retraída que tiene en Dios a su único amigo, hasta llegar a una mujer madura y segura de sí misma. El mejor papel que ha realizado la actriz.

“El Color Púrpura” es una gran drama, y merece todos mis respetos porque cuando una película consigue emocionar y que la lagrimilla caiga (y a mí, no lo oculto, se me cae con esta en más de una ocasión) no hay más que aplaudir. Claro que los Académicos de Hollywood no debieron estar muy de acuerdo, pues Spielberg sufrió un gran revés por parte de la industria nominándola a once Oscars y no premiándola con ninguno a favor de la tediosa “Memorias de África”.

Una película emotiva, sutil, que la pone al nivel de los grandes dramas clásicos y donde Spielberg demostró su excelente conocimiento cinematográfico al realizar una pelicula diferente a cuantas habia hecho anteriormente.

Lo Mejor: Es Drama con Mayúsculas.

Lo Peor: Está infravalorada.