Edge of Darkness, de Martin Campbell

Tom Craven es una agente de policía cuya hija acaba de ser asesinada frente a sus ojos. Aunque las pruebas indican que el asesino iba tras él, Tom no descansará hasta esclarecer el motivo por el que su hija está muerta, aunque eso conlleve saltarse las normas.

Martin Campbell vuelve a narrar la historia que ya realizó para la televisión británica en 1985 con un gran éxito. En esta ocasión cuenta con Mel Gibson como mayor aliciente, ya que el actor ha estado apartado de su carrera interpretativa ocho años. Su regreso se presagiaba por la puerta grande, con una historia de venganza al viejo estilo en donde el actor rememorara viejos papeles. Desafortunadamente no es así.

La película posee un inicio altamente prometedor en donde un hecho dramático se muestra de forma impactante. La cosa promete. Vemos a Gibson en estado padre que llora la perdida de su hija pero que no aparca su carrera policial, sino todo lo contrario, se ocupa de llevar una investigación que le dé respuestas. Hasta ahí muy bien, el problema viene cuando observamos que la historia no avanza mucho más, llevándonos hasta la consabida conspiración de turno en donde los malos son, como siempre, las grandes empresas que esconden trapos sucios. La película se basa casi en todo momento en mostrarnos al buen hombre interrogando a los conocidos de su hija o manteniendo conversaciones con el asesor del Gobierno encargado de hacer lo mejor para resolver la situación.

Un descenso a los infiernos. Una caída a la oscuridad. La historia tenía de base un muy buen material para crear un film de venganza con denuncia social en donde el protagonista se mostrara como un ángel de la muerte encargado de vengar la muerte de su hija. Quizás el fallo sea, para mí, el haberse decantado en exceso por la investigación y el drama que denuncie las actuaciones de grandes empresas, sin tocar apenas la rabia interior de un hombre que ha perdido todo en la vida. La cinta invitaba a mostrar la deshumanización de un hombre por hacer justicia, pero parece que los autores no quieren cruzar esa línea.

El hecho de que Martín Campbell se encontrara tras la cámara daba esperanzas por dos razones, primero por ser el encargado de realizar la teleserie en que se basa y que tan bien conoce, y segundo porque es su primer trabajo tras la notable “Casino Royale”. La cosa daba para mucho, pero el resultado es no solo flojo sino también aburrido. Los que esperen ver una película emocionante con escenas de acción tan buenas como las que ofreció el director en la película Bond que se vayan olvidando y mucho menos los que piensen que van a ver a Gibson en plan “Arma Letal”, tan solo hay dos momentos en donde el protagonista usa la pistola. La cinta avanza por medio de escenas en donde los personajes parlotean y en las cuales Campbell pone el piloto automático usando el plano-contraplano de manual. De acuerdo, podríamos defender al director diciendo que se ha decantado por una dirección sobria, en especial a la hora de mostrar violencia, lo cual es lo mejor de la cinta, pero en conjunto la película no parece poseer buen pulso.

Ya digo que las escenas que muestran actos violentos están bien ejecutadas, salvo un ligero desliz en el montaje todo se muestra de forma contundente. Ahora bien, lo que hace que el trabajo del director, y ya de paso de los guionistas, quede por los suelos, es la reiteración de visiones que tiene el protagonista de su hija pequeña y, especialmente, el final. No puedo creer que en una película que se toma en serio se elija un final tan propio del peor telefilm. De piedra me he quedado al verlo.

El guión corre a cargo de Andrew Bovell y, sobre todo, William Monahan, tan bien considerado después de ganar el Oscar por “The Departed”. Las virtudes del libreto debemos agradecérselas a la historia original escrita por Troy Kennedy Martin para la teleserie de 1985, mientras que Monahan se decanta por elaborar unos diálogo que contenga coletillas con gracia, pero sin tenerla. Debe ser complicado resumir en poco menos de dos horas una historia que se llevó a la pequeña pantalla en seis, pero creo que en ese aspecto, narrar la historia base, se ha conseguido. Está bien que se haya sido fiel al drama de denuncia, pero el producto prometía algo, garra, emoción, violencia, y en eso fracasa. Parece que al guionista le gustó tanto su trabajo en la premiada película de Scorsese que aquí la acaba de manera similar, por no decir que se plagia a sí mismo, claro que para certificarlo tendría que ver la serie británica y comprobar si también acaba así.

Mel Gibson vuelve a lucir rostro en la gran pantalla y a demostrar cómo han pasado los años por él. Personalmente me siento bastante defraudado con el trabajo del actor en la película, el cual se basa en poner siempre la misma cara, bien sea de sufrido padre o de policía vengativo. Es una pena que el libreto no llevara la historia por otros derroteros más en plan “Yo soy la Justicia”, habría sido un placer ver a Mel loco y sin freno haciendo pagar a los culpables. Tendremos que conformarnos con esa secuencia cercana al final. Aunque pronto volverá como protagonista de otra película, esta vez a las órdenes de su amiga Jodie Foster, prefiero que Gibson siga dedicándose a su trabajo tras la cámara y pronto nos regalé otro gran film cómo director, se dice que esta vez será de vikingos con DiCaprio. Ray Winstone da vida al enigmático Jedburgh, un misterioso hombre que trabaja para el Gobierno. Winstone sustituye al inicialmente previsto Robert De Niro, que abandonó el proyecto debido a diferencias creativas. Danny Huston es Bennet, Presidente de la empresa para la que trabajaba la hija de Craven. Bojana Novakovic es Emma, la hija de Tom y razón por la cual empieza todo.

“Edge of Darkness” es un thriller que muestra, una vez más, lo que esconden las grandes empresas y cómo el Gobierno las protege y financia. Quién crea que es una historia de venganza con acción a raudales que lo olvide.

Lo Mejor: Las (escasas) escenas de acción, solventes.

Lo Peor: Carece de garra. El final.

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