La Huella (Sleuth), de Joseph L. Mankiewicz

Milo Tindle, un joven y presumido peluquero, es invitado a la mansión de Andrew Wyke, un conocido escritor de novelas detectivescas, para hablar sobre un tema en común para ambos: la esposa de Wyke, la cual es amante de Tindle. El, ya entrado en años, escritor propone a Tindle una solución para que ambos salgan beneficiados, escenificar un robo mediante el cual el peluquero robe las joyas de Wyke y así complacer a su caprichosa amante, y futura esposa, mientras Wyke cobra el dinero del seguro y concede el divorcio a la pretendida por Tindle. Todo parece sencillo, pero poco a poco la trama va enredándose.

Esto es un juego, un perverso y maquiavélico juego entre dos personas opuestas, un adinerado escritor y un humilde peluquero. La burguesía contra el proletariado, el experto contra el novato, Inglaterra contra el resto del mundo. Andrew Wyke se enorgullece no sólo de haber escrito muchas novelas de crimen y misterio protagonizadas por su famoso detective sino por ser inglés y escribir para, lo que él llama, las mentes nobles y cultivadas. Un pretencioso hombre que vive rodeado por juegos y escenas de sus libros que no hacen más que incrementar su narcisismo y demostrar el aspecto infantil de su personalidad, lo que le llevará a planear el enrevesado juego que propone a su invitado. Milo Tindle, por su parte, es un sencillo peluquero de padre italiano que busca ascender en la escala social y conseguir lo que sus antecesores no pudieron, por esa razón ha puesto el ojo en la esposa de Wyke, Margueritte, o, al menos, eso cree el escritor, pues Tindle afirma amarla de verdad y no buscar beneficio mediante ella.

“La Huella” es un film en que todas las piezas encajan a la perfección, desde el excelente libreto hasta la puesta en escena e interpretación de los actores.
El dramaturgo Anthony Shaffer escribió la obra para teatro poco antes de ponerse a elaborar la adaptación para el cine junto con el director de la película, Joseph L. Mankiewicz, quien aporto varias ideas y algunos cambios, por ejemplo el que la historia comenzara en el jardín de Wyke, presentado como un indescifrable laberinto en donde Tindle se pierde. También decoró la casa con varios autómatas y diferentes juegos que ayudaran a definir mucho mejor la personalidad de su dueño. La personalidad de Tindle varió en lo que respecta a su profesión, pasando de ser un judío dueño de una agencia de viajes a un peluquero de descendencia italiana. Los diálogos son excelentes, y las conversaciones entre ambos personajes bien merecen un hueco en la Historia del Cine con sus giros y sorpresas a medida que avanza la trama.
El título original (“Sleuth”) significa Detective y tiene más sentido que como se tradujo en nuestro país. Wyke escribe sobre un detective y está obsesionado por el tema policíaco, pero sobre todo, porque el juego que vamos a presenciar es la puesta en marcha de un crimen (o varios) al que, cada personaje en determinado momento, debe poner solución mediante un combate dialéctico.

Makiewicz es uno de los grandes directores cinematográficos de la Historia demostrando en toda su filmografía saber rodar como pocos los diálogos y parlamentos de los personajes, colocando la cámara en el lugar adecuado, extrayendo de los actores lo mejor de sí mismos y utilizando el escenario para reforzar lo que está narrando, convirtiéndolo en un personaje más. Esto último es lo que sucede en la presente película, la cual, como buena obra teatral, transcurre en un solo escenario, la Mansión Wyke, que parece tener vida propia, en especial a través de los autómatas, siendo el del capitán feliz Jack el que más protagonismo tiene. Los autómatas funcionan como el público dentro de la casa, los espectadores que ven avanzar la trama reaccionando cada vez que sucede algo inesperado, es entonces cuando el ingenio del director hace gala al mostrar cómo los muñecos cambian de estado anímico a través de sus rostros insertando planos cortos de los mismos durante todo el film. La planificación es excelente, siempre al servicio de lo que requieren los personajes y la historia, subrayando lo que está sucediendo. El metraje del film, de más de dos horas, no cansa en ningún momento gracias al talento del director, que con ésta filmaba su última película, y a la excelente labor de los actores.
Los títulos de abertura me parece muy inteligentes, con escenas sacadas de las noveles detectivescas de Wyke en donde se dan lugar crímenes, funcionando como perfecto preludio a lo que estamos a punto de ver.

La Banda Sonora corrió a cargo de John Addison, componiendo un tema de apertura pegadizo y con ritmo que variaría hacía una composición más elaborada acorde a los acontecimientos que se fueran dando lugar. Se utilizaron también canciones de Cole Porter, como “Anything Goes” (que sirvió posteriormente de apertura para “Indiana Jones y el Templo Maldito”), la cual significa “Todo puede ocurrir”, algo con lo que bien podemos definir al film, una trama en donde todo es posible.
Para interpretar a los dos protagonistas se contó con dos prestigiosos actores de la escena británica, Sir Laurence Olivier y Michael Caine, que ofrecían un enrome duelo interpretativo dando vida a Andrew Wyke y Milo Tindle respectivamente. Podemos ver paralelismo entre los personajes y los actores que dan vida, Olivier como el anciano que ha conseguido fama y respeto entre las clases altas de Inglaterra y Caine como un recién llegado que pretende alcanzar una cima en su vida demostrando ser más de lo que aparenta. Asistimos a una lección de interpretación mediante dos generaciones distintas, la elegancia y teatralidad de Olivier frente a la, no menos elegante, frescura y versatilidad de Caine. Dos grandes interpretaciones que vieron recompensada su labor con la nominación al Oscar para cada uno a Mejor Actor, aunque finalmente ninguno se lo llevó debido a que por ahí Don Vito Corleone, papel para el que, curiosamente, había sido barajado Olivier.

“La Huella” fue un éxito cinematográfico que recibió cuatro nominaciones a los Oscars: Dirección, Actor para ambos y Banda Sonora, aunque no sé por qué no nominaron el guión adaptado.
En 2007 Kenneth Branagh estrenó a nueva versión de la obra con guión de Harold Pinter en que Michael Caine retomaba el papel que Olivier realizó y Jude Law era Milo Tindle. El resultado dista bastante de la original de 1972, aunque tiene detalles muy interesantes.

Mankiewicz se despidió por la puerta grande con ésta película, un juego de ingenio maquiavélico con dos grandes actores que depara más de una sorpresa.

Lo Mejor: Todo.

Lo Peor: Nada.

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