ManhattanposterLa otra tarde volví a visitar “Manhattan”. No la había vuelto a ver desde aquel lejano día en que la descubrí, colocándose a la cabeza de títulos del director neoyoquino con gafas de montura negra en mi ranking personal. Oscurecí mi habitación, le di al play y comenzaron a sonar las notas de George Gershwin acompañadas por la voz del bueno de Woody. Para mi sorpresa la historia principal que nos describe la relación entre ese intelectual guionista de chistes amante de Bergman con una joven de diecisiete años, así como las continuas conversaciones bañadas con coletillas más propias de un espectáculo de monólogos, no lograban enamorarme como recordaba. Tampoco ayudaba el redescubrir un aspecto común en toda la filmografía del director que me hastiaba, como es tener de protagonistas a un pequeño grupo de artistas e intelectuales acomodados que no cesan de visitar museos, asistir a obras de teatro o ir al cine a ver películas europeas mientras discuten sobre dónde pasar el próximo fin de semana o si Freud tenía razón o no. ¿Qué pasaba? ¿Iba a convertirse “Manhattan” en una de esas películas que una vez adoré y ahora no podría volver a ver? Llegó el final de la película. Y me volví a enamorar.

“Manhattan” es de las muy pocas películas de las que Woody Allen ha mostrado insatisfacción. Tanto, que incluso ofreció a United Artists realizar su próxima película gratis. En parte entiendo el malestar del director con su obra. Después de maravillar con “Annie Hall”, y tras la muy bergmaniana “Interiores”, Allen parece querer mezclar ambas en este film, intercalando momentos verbalmente cómicos con situaciones dramáticas que estaban a la orden del día como el adulterio o la custodia compartida. Sin embargo, la cinta no llega a ser argumentalmente tan brillante como su oscarizada película ni tan impostada como su previa propuesta claustrofóbica. Y no serlo es lo que la hace triunfar.

Isaac vuelve a funcionar como alter ego de Allen, un guionista de chistes para un programa que él mismo llega a aborrecer, y que, tras dos matrimonios acabados en divorcio, mantiene una relación con una joven de diecisiete años aspirante a actriz. Por otra parte, su amigo Yale, felizmente casado, mantiene un affair con una fascinante mujer experta en arte llamada Mary, de la cual Isaac acaba sintiendo atracción. Tenemos así una historia bastante corriente, y muy conocida dentro de Allen, con un discurso crítico hacia el ciudadano de a pie de la gran ciudad. Los protagonistas de las películas de Allen suelen ser individuos intelectualmente prepotentes y sabiondos que, sin embargo, demuestran resultar unos ineptos en cuestiones que atañen a sus sentimientos. Todos ellos, como buenos individuos de la sociedad de consumo, entran en una espiral de insatisfacción personal que los impulsa a visitar al psicólogo, dejar el trabajo, cambiar de coche y practicar el adulterio para revivir esa emoción juvenil de riesgo, de probar el fruto prohibido, ansiar volver a enamorarse y buscar sentirse amado. La búsqueda eterna e interminable de la felicidad que, al fin y al cabo, rige la vida urbana.

“Manhattan” no es sólo una película. Es el reflejo absurdo, trágico y romántico de una sociedad. Nuestra sociedad. El síndrome de Peter Pan. Una sesión de psicoanálisis. Hombres obsesionados. Mujeres desesperadas. Es una fotografía en blanco y negro, obra del gran Gordon Willis, que cobra vida. Gente que entra en el metro. Una pareja besándose en un balcón al anochecer. Trabajadores mirando a una chica guapa que acaba de pasar. Balcones con ropa tendida. Niños jugando a la pelota. Gente que sale del metro. Taxis vacíos en una mañana nevada. Sombras de gigantes que componen un skyline. El puente de Brooklyn a altas horas de la madrugada. Es Diane Keaton volviendo a enamorarme a pesar de su intelecto repelente. Es Meryl Streep escribiendo un libro sobre su matrimonio frustrado con Woody Allen. Es Woody Allen corriendo en busca de Mariel Hemingway antes que sea demasiado tarde, porque quién sabe si no será el último tren. George Gershwin y su Rhapsody in Blue. Vuelvo a ser feliz.