CafeSocietyPosterNo son pocas las veces en que Woody Allen ha echado una mirada al pasado para desarrollar sus historias y exponer su perspectiva sobre la vida. Ahora, una vez más, retrocede a los años 30 para narrar la historia de un joven neoyorquino que se traslada a Los Angeles a trabajar para su tío, un importante agente de estrellas de Hollywood. En la soleada California será testigo del engranaje de la industria cinematográfica, a la vez que se enamorará perdidamente de la joven ayudante de su tío. Al tiempo, el joven regresará a Nueva York para ayudar a su hermano con un club de alta sociedad.

He disfrutado mucho viendo la última de Allen, porque he vuelto a encontrarme con el autor de cuentos de fachada alegre que esconden un trasfondo más triste y melancólico de lo que se supone. Como el Hollywood de los 30 que recrea el film, tras los chistes y la comedia de enredo de la que somos testigos existe un discurso amargo sobre las ilusiones rotas y los sueños inalcanzables que perduran en nuestro recuerdo. Con una mirada que sucumbe a la nostalgia, el director neoyorquino retrata a su odiado Los Ángeles como un circo de las vanidades donde se corrompen las personalidades más inquebrantables. Ahí entraría el gran personaje de Vonnie, la joven que roba el corazón a Bobby, cuyo estilo de vida independiente y al margen de la maquinaria de sueños puede derrumbarse por amor. De la misma forma, recrea los tejemanejes de la industria cinematográfica fuera de los focos de forma tan divertida como certera, casi sin dejar títere con cabeza.
Bobby, el protagonista, es el típico chico soñador e idealista. Llega a Los Angeles en busca de un futuro para acabar encontrando el amor. Desgraciadamente, las luces no brillan tanto como parecían, y las historias del corazón son más complicadas que lo que muestran las películas. De esa forma decide regresar a su amado Nueva York, donde se desarrolla la segunda parte de la historia, mediante una trama familiar y gangsteril que sigue funcionando como representación nostálgica de la época y desarrollando al protagonista, que acaba aceptando una vida de éxito con toques de infelicidad.

En los últimos años Woody Allen se ha mostrado algo intermitente. Aunque seguía demostrando su talento mediante la dirección de actores y el buen gusto, se echaba en falta un ingenio en los diálogos como en los tiempos de antaño. Con “Café Society” el cineasta parece haber revisado su filmografía previa a los 2000 para encontrar una inspiración que parecía pérdida en muchas de sus recientes películas. Así, encontramos una voz en off que nos narra la historia, diálogos ingeniosos llenos de doble sentido, y un desarrollo de la historia notable que la convierten en una de las cintas más agradables de ver del presente año. Ayuda a ello la fotografía del veterano Vitorio Storaro, que ofrece una calidez a la imagen en concordancia a los que la trama requiere, y diferenciando muy bien el soleado Los Angeles con el urbano Nueva York.
Aunque podría decir que es de las mejores cintas de Allen de su última etapa, encuentro cierto desequilibrio en lo que respecta a la trama familiar, me sobra cuñado filosofo y me falta padre judío hasta la medula, pero el sentido del humor del texto ayuda a suplirlo con secuencias tan brillantes como esa transacción comercial que Bobby realiza a su llegada a Los Angeles.

Como casi siempre con el director el elenco interpretativo cumple, y esta vez de forma sorprendente. La reina de la función es una cálida Kirsten Stewart que parece enterrar por fin a su Bella Swan ofreciéndonos notables interpretaciones. Su dulzura y sencillez como Vonnie, así como su vitalidad y posterior cambio, la convierten en lo mejor de la cinta. De la misma forma Jesse Eisenberg resulta entrañable como joven ingenuo al que la vida le pega las bofetadas suficientes para desengañarse. Steve Carell está brillante como Stern, el agente de estrellas y tío de Bobby que, como el propio Hollywood, esconde más bajo su fachada impoluta. Corey Stoll se desenvuelve a las mil maravillas con Allen tras dar vida a Hemingway en “Midnight in Paris”. En esta ocasión da vida al hermano mafioso de Bobby sin inmutarse, con suma profesionalidad. Jeannie Berlin y Ken Stott son los padres de la familia, los Dorfman, un dúo desternillante.

“Cafe Society” es una preciosa película con el sello Allen en donde vemos que, a pesar de parecer ser felices, seguiremos anhelando sueños.

Lo Mejor: Reencontrarse con un inspirado Allen. El reparto. La fotografía.

Lo Peor: Un cierto desequilibrio en las historias secundarias, sin mucha importancia.