tardeiraCasi siempre que un actor decide cambiar de posición y colocarse tras la cámara existe expectación. Y más aún si sucede en suelo patrio. Tras años batallando por sacar adelante su anhelado proyecto y cumplir el sueño de dirigir, por fin, el que fuese protagonista de “La Isla Mínima” y uno de los actores más reconocidos del actual panorama cinematográfico nacional, estrena su primer film. Un debut áspero y brutal que hace honor al título elegido para la cinta.

Curro sale de la cárcel tras ocho años. A su regreso al barrio se reencontrará con Ana, su novia, e intentará recuperar la normalidad. Pero en su camino se cruza con Jose, quien le revive el pasado y le pide que lo ayude en una tarea.

La primera secuencia del film ya es toda una declaración de intenciones. Desde el interior de un coche, y en plano secuencia, se nos narra la huida y captura de uno de los protagonistas. La sensación que transmite la escena, tal y cómo está rodada, es de cercanía, de angustia, se puede sentir la adrenalina de la persecución. Es veraz. Posiblemente el adjetivo que mejor encaje con la cinta. La veracidad que se respira en todo momento a través de los escenarios, los diálogos y, por supuesto, los personajes.
Para escribir el guion Raúl Arévalo se ha asociado con su amigo y psicólogo David Pulido consiguiendo un notable retrato de los personajes. Por un lado Jose, el apocado hombre que va cada día al bar donde trabaja Ana y llega a hacer amistad con la gente que lo visita regularmente. Su parquedad en palabras define muy bien su estado de ánimo al guardar dentro de sí todo lo que le corroe y le ha envenenado hasta convertirlo en un zombie con una única misión en el mundo. Por otro, Curro, un convicto que recibe tras ocho años la libertad y puede rehacer su vida. Su naturaleza visceral le hace parecer un perro rabioso, pero nada más lejos. Cuando se alíe con Jose personificará el dicho de que perro ladrador poco mordedor al verse sumido en una laberinto de tortura y dolor por los pecados del pasado. En medio tenemos a Ana, a la que podríamos definir fácilmente como interés romántico de ambos, pero por fortuna va más allá de ese cliché y se convierte en una mujer que se siente atrapada en un vida monótona, lejos de la que le fue prometida y nunca ha disfrutado, acabando tan torturada como los dos hombres. En especial me gusta cómo los personajes van girando y transformándose, descubriendo detalles de su personalidad que ni imaginan poseer, provocando situaciones impactantes e inesperadas.

En toda entrevista realizada a Arévalo reconoce haberse sentido influenciado por directores como Jacques Audiard o Haneke a la hora de ejecutar el film. Y si, el estilo visual del film bebe del aspecto sucio y áspero a la hora de retratar la realidad y poner al espectador a pie de calle, y cuando aparece la violencia lo hace de manera salvaje. Sin embargo, lo que hace que “Tarde para la Ira” tenga personalidad propia es su ADN castizo. España se palpa en cada fotograma, pudiendo reconocer cada rincón como si viviésemos en él. En este aspecto se asemeja a otra cinta criminal reciente como es “No Habrá Paz para los Malvados”, pero con una caligrafía bien diferenciada. Al contrario que en otros recientes relatos de género negro en donde el cine español parece haber encontrado el ambiente perfecto para desarrollar historias que lleguen al gran público, “Tarde para la Ira” huye de cualquier abrazo por el cine de masas y apuesta por el cine intimista y minoritario pegándose todo lo posible a los personajes, logrando convertirse en una cinta asfixiante.

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El film está conscientemente estructurado en capítulos que dividen las dos partes del film. La primera está compuesta por breves capítulos que nos describen a los personajes y las características que los rodean. En este primer bloque bien podemos entender el film como un drama urbano, donde cada protagonista se nos desnuda lentamente desenmarañando lo que le perturba. La segunda parte ocupa todo el capítulo final, y principal, que no puede tener otro título que “La Ira”. Este bloque pone las cartas sobre la mesa y desempolva la artillería pesada al adentrarse en el terreno de la venganza en forma de road movie con una tensión que va in crescendo. Aquí Arévalo se descubre como un verdadero talento para crear secuencias de suspense, ya sea en el interior de un gimnasio (posiblemente la secuencia que se convierta en buque insignia cada vez que se hable del film) o en la cálida y plácida terraza de un cortijo. Sin embargo hay un detalle que me rechinó un poco y que impide que la cinta tenga más tensión de lo esperado. En la segunda parte, cuando Jose y Curro están trabajando juntos, la inserción de lo que hace otro personaje principal me resta un suspense con el que se podría haber jugado muy bien y con la que Arévalo podría haberse acercado a Hitchcock. Tal vez el director fuese consciente de ello y no quiso jugar tanto por temor a que se le tildara de efectista.
Las explosiones de violencia que se suceden son impactantes y cada una está mostrada desde una perspectiva diferente. Desde la visceralidad de una plano entero a la intensidad de un primerísimo primer plano de la mirada de Jose o a la elegancia y desamparo de un fuera de campo desolador. Cada una de ellas vale su peso en oro y rememoran, en mayor o menor medida, el estilo de Peckinpah.
Para conseguir transmitir la atmósfera de suciedad y el realismo de los ambientes en que se desarrolla el relato, el director optó por rodar en 16mm y por cuidar el aspecto sonoro del film. El resultado es notorio, con la música compuesto por Lucio Godoy como otra nota más para incrementar la asfixia y el desamparo.

Era de esperar que para su primer film Raúl Arévalo contará con alguien conocido. El elegido para encabezar el cartel del film es su amigo y, en repetidas ocasiones, compañero de reparto Antonio de la Torre. Para el que esto escribe uno de los mejores actores del momento. Una auténtica bestia parda en lo que se refiere a interpretar cualquier papel que le propongan. En ésta ocasión el actor sevillano vuelve a la senda contenida que ya desarrollara en “Cánibal” para componer un personaje roto por dentro, cuyo único motor para vivir se encuentra en el odio que siente por un acto del pasado y que lo hará adentrarse en la senda de la venganza. Como un vaquero del salvaje oeste, su figura portando una escopeta clama por alzarse al Olimpo del Cine Español. A su lado un memorable Luis Callejo, por fin recibiendo un personaje con el que lucir su talento. El actor ha desarrollado más su carrera en personajes secundarios, pero parece que a partir de ésta cinta todo va a cambiar. Su Curro pasa de ser un violento y desagradable expresidiario a un hombre por el que se llega a sentir lástima. Soberbio trabajo. Ruth Díaz es Ana, la novia de Curro que trabaja como camarera en el bar de su hermano. Una superviviente atrapada en el barrio a la que la actriz consigue dotar de dureza y fragilidad al mismo tiempo. Manolo Solo roba por completo la secuencia en donde aparece. El que diese vida al Juez Ruz en “B” se gana la simpatía del espectador a la vez que protagoniza el momento más memorable del film.

“Tarde para la Ira” es un magnifico debut cinematográfico con el que Raúl Arévalo parece decir que va a dar tantas alegrías tras la cámara como ante ella. Tan veraz como asfixiante, un relato que atrapa de principio a fin donde el perdón y la redención parecen no tener hueco.

Lo Mejor: Los actores. La atmósfera. La tensión constante en la segunda parte.

Lo Peor: Podría haber jugado un poco más con el suspense en lo que respecta a un personaje.