AnnieHallCuando comencé en la blogosfera, allá por 2007, escribí sobre la Oscarizada cinta de Woody Allen. Si bien parte del contenido del presente texto es el bruto de aquella reseña, he decidido retomarla porque hace unos días volví a verla y, como a veces sucede, excedió su naturaleza de excelente película para convertirse en un túnel emocional debido al contexto en que la vi. Siempre he creído que, a pesar de ser de sus mejores películas, no era la mejor de Allen, y, aquí he de despojarme de toda careta, si la he considerado así ha sido por la rabieta infantil que me daba el que venciese a “La Guerra de las Galaxias” en los Oscars de aquel 1977. Sin embargo la madurez, y las experiecias, nos hacen abrir los ojos, y ahora he admirado matices y una profundidad que antes se me habían escapado, recordándome que la magia del Cine no sólo radica en la capacidad de sorprender en un primer visionado, sino en la riqueza que se puede encontrar en un obra al visitarla de nuevo años después.

Alvy Singer es un cómico neoyorkino que conoce a Annie Hall gracias a unos amigos. Ambos comenzarán una relación llena de altibajos por Nueva York.

“Annie Hall” fue un punto de inflexión en la carrera de Woody Allen, al pasar de rodar películas desarrolladas a base de sketches y números cómicos a crear una historía con entidad propia que hablase sobre las relaciones de pareja. El director construyó una película con alma en donde toda su personalidad se expandiera para exponer su visión sobre uno de los temas más universales que existen, el amor. Y lo hace de forma casi autobiográfica. Alvy Singer no es sino Allen, un humorista especializado en monólogos que comenzó escribiendo para otros para luego ser él mismo quien se encargara de llevarlos a cabo y fabricar su propia marca. Por supuesto, Alvy es neurótico y pesimista, como el propio director, también ama Nueva York y muestra una alergía enfermiza a Los Ángeles. También, cómo es característico en casi toda película con su sello, no faltan chistes o alusiones a los judíos o los nazis, ni citas a maestros del cine Europeo (Bergman siempre sobrevuela por las escenas intimas).

El film se abre con un monólogo de Alvy/Woody en que nos mira fijamente a los espectadores y, parafraseando a Groucho Marx, declara que “no le gustaría ser socio de un club en que lo aceptaran”. Así es como él ve la vida, y en concreto las relaciones, pues a pesar de enamorarse y vivir relaciones apasionadas, todas acaban naufragando. Y entonces, en un alarde de originalidad, nos comunica su ruptura con Annie. O sea, al principio de la cinta, y como ya sucediese en “Sunset Boulevard” o posteriormente “American Beauty”, el protagonista nos está anunciando el final de la historia. Pero dicho anuncio enriquece una cinta que va más allá de ser otra historia de amor para convertirse en un proceso de autosimilación y superación por parte de Allen. A pesar del título, toda la historia gira en torno a su persona, intentando comprender en qué falla, por qué sus relaciones siempre acaban mal. Como la casa en que se crió, los cimientos de su persona no dejan de tambalearse por las montañas rusas de relaciones que vive. “Annie Hall” es, al fin y al cabo, un ejercicio de terapia mediante la cual el director neoyorkino quiere retratarse y conocerse a sí mismo.
Que el film se abra y cierre mediante un chiste me parece brillante. El chiste, o la broma, suelen nacer de hechos que poco tienen de graciosos. De esta forma, Allen confecciona una cinta cuya puesta en escena aboga por el humor constante, con momentos inolvidables dentro de su filmografía. No solo rompe la cuarta pared en más de una ocasión, sino que, entre otras cosas, introduce personajes sorpresa, se convierte en un personaje animado enamorado de la madrastra de Blancanieves, y viaja en el tiempo junto a Annie y su amigo Rob para presenciar su infancia en Brooklyn bajo una montaña rusa. El conjunto aboga por el humor a raudales, aunque el fondo sea triste y nos llegue a decir que sin las relaciones humanas, y más específicamente sin amor, el ser humano está perdido.

El guión corrió a cargo de Allen y Marshall Brickman, con un resultado sobresaliente que consigue crear una historia humana y cercana con un enorme sentido del humor. El montaje es uno de los puntos clave del film, pues el montador Ralph Rosenblum consigue dar coherencia y unión a una serie de escenas que en principio eran simples chistes y gags para finalmente convertirlos en la historia de Alvy Singer y su relación no solo con Annie, sino con las otras mujeres de su vida, desde su madre o abuela hasta la exnovia previa a Annie. Se dice que Rosenblum tuvo que trabajar con 30000 metros de cinta grabada que tuvo que organizar para conseguir el resultado final del film.
Entre los actores que participaron en ella nos encontramos con Jeff Goldblum y Christopher Walken en pequeños papeles. Tony Roberts es el amigo de Alvy, Rob, que desea irse a vivir a California. Diane Keaton es Annie Hall, todo un icono cinematográfico. Una chica alegre y emocional, que busca triunfar en el mundo del espectáculo. El vestuario que luce la actriz hizo el resto.

Annie y Alvy podrían ser cualquier pareja que vemos sentarse en la fila de un cine, paseando por la playa, disfrutando de una cerveza. Podrían ser nuestros vecinos. Nuestros tíos. Tú y yo. Nos queremos. Nos peleamos. Nos abrazamos. Nos entendemos. Nos insultamos. Nos reconciliamos. Decidimos dejarlo. Retomarlo. Es para siempre. Se acabó antes que empezase. En definitiva, todos somos un poco Annie y Alvy. Y eso es lo que hace que “Annie Hall” sea Universal.