endtourLa primera vez que supe de David Foster Wallace fue hace aproximadamente tres años, en un artículo que El País dedicaba a su figura. La historia de su fulgurante éxito y su personalidad enigmática a la que puso fin por medio del suicidio me fascinó de tal forma que me hizo acercarme a una librería para adquirir su obra magna, “La Broma Infinita”, que aún no he leído porque me impone un respeto abrumador. Son más de mil páginas escritas apenas sin márgenes y con infinidad de notas al pie, imprescindibles para comprender y disfrutar de la totalidad de la obra. Sobre esa obra gira la cinta presente, la cual adapta la reunión que tuvo lugar entre Wallace y el redactor de Rolling Stone David Lipsky en 1996.

La película, con alma de road movie, trata de acercarnos a la figura de Wallace de la misma forma que intentó hacerlo Lipsky con su entrevista y el libro que escribió basándose en esa misma experiencia cuando ya Wallace falleció. Y lo hace de manera cercana y sencilla, casi intimista. Las conversaciones marcan el ritmo del film, otorgándole una naturaleza casi teatral, desmenuzándonos poco a poco la personalidad de los protagonistas. Aunque Wallace es el objetivo principal, Lipsky experimenta un viaje existencial del que aprenderá a ser más humilde, pues su impulso a la hora de realizar la entrevista está ligado a la envidia que siente por él y su éxito, prejuzgándolo antes de conocerlo. Por su parte, Wallace se muestra como una persona conflictiva consigo misma, casi trágica. Un genio inigualable, con un talento prodigioso para la escritura. Podríamos imaginarnos a un hombre que, gracias a ese éxito literario y a la cantidad de artículos que se escriben sobre su persona, posee todo en la vida para ser feliz. Pero nada más lejos. Wallace sufrió diferentes depresiones a lo largo de su vida, causadas por un sentimiento absoluto de insatisfacción. Su famoso libro es una crítica feroz a la sociedad de consumo que gobierna el mundo occidental, y de la que Estados Unidos es máximo exportador. A lo largo de las conversaciones que mantiene con Lipsky comprenderemos qué le llevó a escribir, y cómo una infancia marcada por el abusivo consumo televisivo puede afectar a la personalidad. Sin embargo, Wallace no muestra victimismo ni autocompasión, reconoce disfrutar de la comida basura y del cine de Hollywood que tanto crítica, y se demuestra como una persona cercana y simpática a la hora de tratar con la gente, aunque con algún rasgo peculiar y estricto que no hace sino incrementar su arrebatadora atracción.

El director James Ponsoldt ya demostró una sensibilidad a la hora de tratar crisis en la estimable “The Spectacular Now”, en especial a la hora de sacar el máximo provecho de sus interpretes, cosa que aquí sigue desarrollando. La relación entre Lipsky y Wallace funciona tan bien en pantalla gracias a las interpretaciones de Jesse Eisenberg y Jason Segel, éste último aún más sorprendente al abandonar la comedia y personificar un Wallace enternecedor con el que sentir empatía y lástima en esa bella escena final de baile. La cinta logra ser una crónica del viaje realizado por ambos escritores en 1996 bastante certera, sin perder el interés.

Puede que algún día me arme de valor y decida enfrenarme a “La Broma Infinita” para conocer un poco más a ese fascinante, y malogrado, escritor. De momento, “El Último Tour” es una estimable primera toma de contacto a su persona.

Lo Mejor: Segel y Eisenberg. Su sencillez.

Lo Peor: Deja con ganas de saber más sobre tamaño escritor.