La Gran Belleza (La Grande Bellezza), de Paolo Sorrentino

grandebellezaJep Gambardella es un escritor y periodista que, al cumplir los 65 años, se replantea lo que ha sido su vida cargada de fiestas, mujeres y clubs nocturnos.

El Desencanto de los Intelectuales

Sería fácil meter la premiada cinta del director Paolo Sorrentino en el saco de películas pedantes fabricadas para cualquier distinguido público que asiste a festivales de gran envergadura. Como sus personajes, la película desprende un aroma de superioridad y pedantería aunque en el fondo esconda el triste retrato del ser humano y las miserias que lo cubren. Y es que la oscarizada cinta de 2013 trata sobre las apariencias.
Para describir lo que me transmite la película pondré como ejemplo la secuencia en que una niña lanza pintura sobre un mural ante la mirada expectante de una multitud de notables. El lienzo se empaña sin sentido con cada cubetazo que lanza la joven artista. Colores que se van sobreponiendo y anulando. Pero entonces la pequeña comienza a expandir los colores y, de forma milagrosa, logra un paisaje multicolor absorbente capaz de provocar todo tipo de sensaciones. Del mismo modo la cinta se compone de pasajes en que se dan la mano lo grotesco con lo hermoso, formando una estampa social donde el contraste se adueña del conjunto.

Sorrentino toma como modelo el cine de Fellini, y más en concreto “La Dolce Vita”. Jep Gambardella bien podría ser Marcello Rubini, un periodista que va saltando por todo tipo de evento social y asistiendo a fiestas que no ven fin hasta el amanecer. La diferencia entre ambos radica en la edad. Gambardella acaba de cumplir 65 años y se adentra en la típica crisis existencial dónde se cuestiona si ha tenido sentido su vida. A lo largo de la cinta, Jep perderá a conocidos, amigos y un antiguo amor, con lo que es comprensible que haga un análisis de su recorrido vital donde declare sentirse insatisfecho e infeliz. A ello hay que sumar la aparición de la muerte en su vida. No es casual que la película se abra con un grupo de turistas y que uno de ellos muera. Ni estando de vacaciones en el lugar más ideal del mundo la cruel parca con guadaña descansa.
Jep Gambardella me parece un personaje fascinante. Desde la primera secuencia en que aparece en su fiesta, con ese maravilloso momento avanzando a cámara lenta hacia primer plano, posee atracción. Las mujeres lo aman, y los hombres le admiran. Se codea con la jet set. Escribió un prestigioso libro a los 25 años. Tiene todo lo que cualquiera podría desear, y aún así, no es feliz. Como él mismo declara su función es reventar las fiestas, ser el rey de la mundanidad y boicotear cada evento social siempre que pueda. Aunque su talante y saber estar siempre rigen, no duda en sacar las garras y desmontar la visión idílica que tiene sobre sí misma una buena amiga en esa brutal secuencia donde los invitados, como si fuesen dioses en un Olimpo con forma de piso cerca del Coliseo, se rasgan las vestiduras sociales y se demuestran como realmente son, almas en pena a la misma altura que el común de los mortales.

Las sensaciones que me produce la cinta de Sorrentino casi podría catalogarlas como síndrome de Stendhal. La fuerza expresiva y surrealista de las imágenes, así como todo el discurso desmitificador del arte y sus defensores intelectuales me conmueven. El director italiano crea una panorámica sobre Roma y sus privilegiados habitantes contrarrestando grandes fiestas desfasadas con situaciones intimas, sumergiéndonos en el (triste) mundo del protagonista. Además lanza un ácida crítica sobre el mundo del arte y de la clase alta, sin olvidarse de la Iglesia.
El mayor apoyo del director, y culpable de que sienta una gran admiración por el film, es Toni Servillo, quien crea uno de los personajes más icónicos del cine reciente. El actor transmite cada sentimiento a través de su expresivo rostro, que parece pulido en la época del renacimiento. Jep Gambardella es el amigo que te gustaría tener tanto para desahogar tus penas como para formar una enorme fiesta a ritmo de Rafaella Carrapara. Un hombre que sabe que la vida son dos días, que lo que se ha ido ya no vuelve y que el alcohol en cantidades industriales no sirve para ahogar las penas, sino que las convierte en mayores fantasmas. Un grande con pies de barro y talento malgastado. A su lado destaca Carlo Verdone como Romano, buen amigo de Jep, aspirante a escritor que disfruta codeándose con artistas e intentando ligarse a una joven que no hace más que despreciarle. Para mi gusto es el personaje más inocente y con el que es más fácil conectar. Igual de triste y empática como él es Sabrina Ferilli como Ramona, la mujer que sigue haciendo streptease artístico a sus 40 años para molestar a su padre, y, de paso, intentar agarrar esa juventud que ha volado.

La belleza que augura el título no radica solamente en las postales de la ciudad eterna, ni en los monumentos que la pueblan, algunos escondidos a vista de la multitud, sino también en las risas de los niños, en el llanto de los sufridores, en la locura de los insatisfechos, en las arrugas de una santa, o en el recuerdo del primer amor. “La Gran Belleza” es pura nostalgia.

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